Victoria Beneditto

El mundo de las apariencias exige a los cuerpos comportamientos muchas veces imposibles de alcanzar. Los obliga a fraccionarse para alcanzar determinados intereses que responden al ideal de la perfección como el único camino de vida posible y aceptable.
De esta manera, algunos pocos comportamientos se presentan como válidos ante una sociedad calificada para condenar. Estos comportamientos, se camuflan bajo mandatos e imposiciones y para los cuerpos percibidos como “femeninos” se multiplican a extremos impensados.
Teniendo en cuenta esto y algunas instrucciones más, se crea la imagen de la muñeca ideal: esta se encuentra en la constante lucha entre el ser y el “deber ser”, que le desbloquearon un montón de inseguridades, prejuicios y expectativas. Desde pequeña estuvo expuesta a un cúmulo de críticas de las que fue víctima.
Como si todo lo que le perteneciera fuera propenso a arreglar y a fragmentar, así como también fragmentados están sus pensamientos, a los que le introdujeron discursos, antaño armados para cada ocasión a los que se debía enfrentar.
La muñeca ideal brilla por dentro y por fuera, al igual que su casa, que es perfecta. Tiene que serlo. La casa de muñeca siempre está armada, cada elemento que la compone tiene su lugar y cumple una determinada función, de lo contrario es desechado. Tiene que hacerlo.
Se esconde del “qué dirán”, se aterra de solo imaginar algo fuera de lugar: una mirada, una insinuación. Las tazas, sus cucharas. Un mueble, sus libros. Algún comentario destructivo. Para ver si le da otra perspectiva a su vida, cambia las cosas de lugar en forma continua. Etiqueta los estantes, los tenedores y cuchillos, por un lado, y por otro, las cucharas soperas y las pequeñas para el postre.
No mezcla el arroz con los fideos, ni el azúcar está manchado con café. Todo lo tiene en frascos por separado, con sus respectivos nombres, y no se le ocurre cambiarlos para no olvidar. No puede olvidar.
La muñeca ideal día a día limpia, barre, frega, lava, enjuaga, y si es necesario pinta y arregla. Debe de hacerlo. En estos términos, ni pensar la mugre abajo del mantel y el polvo detrás de los muebles, que se hacen invisibles para los ojos de quienes lo pueden ver.
Mejor ni recordar aquellas arrugas de la ropa que no pudo quitar, porque en realidad todo lo hace bien. Toma delicadamente la plancha, revisa que no esté quemada en ninguno de los bordes, sería una tragedia que sucediera otra vez. Quita con virulana de lo que se ha quemado anteriormente, que ella no quiso que pasara, y sobre la ropa coloca otra tela para que el impacto del calor no sea tanto.
Ya aprendió.
La muñeca ideal todos los días se levanta temprano, se lava la cara y se va a trabajar doce horas fuera de casa. Al salir roba una foto en algún espejo ajeno, con un fondo perfecto, de esos que siempre soñó tener, y de camino a su casa la sube a su red social: se regocija en algunos “me gusta” de la realidad virtual, y vuelve a su actividad de todos los días, para mañana volver a empezar.
De camino a su habitación cruza por el pasillo, el espejo refleja sus cicatrices cansadas que piden un minuto de descanso. Pero no puede. No está en sus posibilidades, porque esa palabra no se encuentra en su vocabulario, aunque lo lea y relea del derecho y del revés. No puede encontrarla.
Se queda con esa única imagen, el reflejo del mundo penetra en sus ojos. En el reflejo de aquel espejo. La conducta que aprieta para no soltar. Y una vez allí, es difícil de escapar.
