AGUSTINA BALEA

Todos hemos visto este cartel y todos los identificamos rápidamente con el feminismo. Sin embargo, su origen está bien alejado de eso. En realidad, este cartel tan icónico nació como propaganda para mantener la producción industrial de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Para empezar, sería acertado distinguir propaganda de publicidad. Esta última por lo general es definida como la propagación de la necesidad de consumo. La propaganda, por otro lado, intenta vender una ideología. Es común que la propaganda tenga un peso simbólico algo peyorativo, porque se la asocia con el uso que se hizo de ella durante los regímenes antidemocráticos, pero pocas veces se habla de la propaganda en los regímenes democráticos y capitalistas.

De hecho, Estados Unidos tuvo varios carteles de propaganda bastante conocidos durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, pienso en el famosísimo “I want you for U.S. Army» del tío Sam, tal vez el más reconocido mundialmente. En este caso puntual, el cartel de «We can do it» fue creado en 1943 por el diseñador gráfico J. Howard Miller, que recibió el encargo de Westinhouse Electric, empresa que precisaba mano de obra con urgencia, dado que sus trabajadores habían abandonado sus puestos para partir al campo de batalla.

Con una estética similar al pin up, típica del pop art, bastante clara y marcada se ve sobre un fondo amarillo a una mujer vestida con uniforme de trabajo, pañuelo rojo a lunares blancos en la cabeza y un gesto desafiante. El objetivo del cartel era avivar el sentido patriótico de las mujeres estadounidenses, para que acudieran a trabajar a las fábricas donde llevarían a cabo tareas que, hasta el momento, solo estaban reservadas para el hombre. Es importante destacar que la participación de la mujer en la economía de guerra fue fundamental para todos los beligerantes y que, en los hechos, le abrió las puertas a millones de mujeres al mundo del trabajo.

El artista gráfico se inspiró en Geraldine Hoff Doyle, una trabajadora de 17 años fotografiada en 1941 en la American Broach & Machine Company en Michigan. Según cuenta The New York Times, la mujer desconocía la existencia del poster hasta 1982, cuando al hojear la revista vio la fotografía y se reconoció. Además, la mujer del cartel suele relacionarse con Rosie la remachadora, un ícono y concepto de la mujer trabajadora estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, que apareció por primera vez en una canción escrita por Redd Evans y John Jacob Loebe en 1942.

GERALDINE HOFF DOYLE, 1941.

Por tanto, Rosie la remachadora no emerge del movimiento feminista, sino de las manos del gobierno estadounidense. Pero sí aprovechan las continuas demandas del movimientos, todas las protestas en pos de la igualdad, en este caso laboral y las hace protagonistas de un momento importante para el país. Podríamos decir que este plan perseguía ciertos objetivos: como ya lo dije más atrás, recurrir al deber patriótico y poblar las fábricas faltas de obreros, se apela a la búsqueda de la independencia económica de las mujeres porque resultaba conveniente para el gobierno en ese entonces, las mujeres trabajadoras tenían más glamour y, además, apareció la comparación entre el trabajo de fábrica y el doméstico porque se daba por hecho las habilidades de las mujeres en sus nuevos trabajos porque resultaban ser competentes en sus casas.

Si se profundiza más en el cartel en sí, hay una clara referencia a la fuera física. El puño cerrado, haciendo clara referencia a que ella también es fuerte, contradice el mito existente en torno a la anatomía masculina y femenina. Históricamente, siempre se ha asumido que la fuerza física viene dada por naturaleza a los hombres, pero no a las mujeres. En realidad, la socialización de género y la desaprobación social evitan que las mujeres desarrollen su fuerza, lo que les lleva a pensar que no pueden alcanzarla, y muchas veces es utilizado como una barrera para que las mujeres no accedan a determinadas ocupaciones, alegando así que somos el sexo débil.

Lo cierto es que el cartel tuvo su éxito, ya que el incremento de mujeres en las fábricas entre 1941 y 1945 aumentó un 10% (del 27 al 37%). Cabe decir que antes de la llegada de la guerra, ya había doce millones de mujeres trabajando en las fábricas; se convirtió en dieciocho millones al finalizar ésta (tercera parte del trabajo total). Tal fue el revuelo en la sociedad, que la revista estadounidense Life las documentó fotográficamente en la edición de agosto de 1943.

Lo que comenzó siendo un cartel de propaganda bélica estadounidense, que si bien tomaba en cuenta las reivindicaciones feministas, en realidad tenía por objetivo atraer a las mujeres al trabajo fabril, a la larga ha terminado considerándose un ícono del empoderamiento. Este cartel fue recuperado por el feminismo de los años 80 para ilustrar ese empoderamiento femenino y la capacidad de las mujeres para trabajar en cualquier sector y desempeñar cualquier tarea. De modo que el tiempo ha reinterpretado el cartel y lo ha cargado de otro significado, lejano a la propaganda bélica y muy cercano a los movimientos feministas.